Ahora, simplemente un acontecimiento nimio me ha hecho volver a plantearme lo rápido que la razón es seducida por nuestra emotividad, estimando dentro de ella nuestros deseos, conveniencias, ideas preconcebidas etc, y la forma en que la ciencia puede ser partícipe involuntaria de ello. Resulta que días atrás me encontré en un par de medios de comunicación artículos que alababan la conveniencia de utilizar terapia medicamentosa para adultos con Síndrome de Déficit Atencional (SDA)(supongo que con secuelas de este cuadro que tan gustosamente es diagnosticado y tratado en nuestro país en los escolares) Temí que se tratara de otra de las series de dolencias (a veces presuntas) que se ponen de moda de tanto en tanto, como las depresiones endógenas –muchas veces autoatribuídas- la depresión bipolar (pocos ahora pueden “tener un bajón” como dicen los adolescentes, o deprimirse a secas) que han hecho estragos entre las féminas, o la psicopatía (en sentido de sociopatía) en muchos varones, para equilibrar las cosas en cuanto a género.
Si bien todos requerimos ayuda por momentos también en el terreno de la salud mental (o sólo de la salud, ya que no existe la división entre cuerpo y psiquis) ¿a qué viene este afán de exagerar la categorización de las personas en aspectos patologizantes con consecuencias peligrosas para la autoestima, la consideración de las personas? Sin dejar de lado temas concretos como los males que pudiesen ocasionar fármacos utilizados en forma inoportuna.
Sucede que el héroe de los últimos juegos de Beijing, Michael Phelps octomedallista olímpico, fue no solamente diagnosticado como sujeto con SDA sino que su profesora le auguró un fracaso seguro en la vida. Como sabemos, otra persona, que fue tildada de débil mental (no se usaba el SDA en ese tiempo) fue Albert Einstein, quien encontraba mucho más entretenidos sus pensamientos que las clases a las que asistía. En mi experiencia como docente me he encontrado con muchos jóvenes de ambos sexos en universidades privadas que han sido catalogados de padecer SDA en su infancia y han estado en tratamiento medicamentoso largo tiempo. Han llegado a estos establecimientos muchos de ellos por sus evaluaciones más bajas que las de sus pares tanto en el colegio como en la PSU. Y sin embargo, en ellas su rendimiento no ha tenido nada que envidiar al de sus compañeros, salvo que muchos han debido superar las secuelas de la antipatía por el estudio e inseguridades acerca de su capacidad.
Creo que en ciertos casos tanto el tratamiento psicológico como la medicamentación se justifican plenamente pero las “modas ” son peligrosas y en este caso, susceptibles de encubrir nuestra “economía mental” y su pariente la comodidad. Estas personas (y muchas más) escapan a las nociones que tenemos de rendimiento laboral y académico, estilos de enseñanza, ritmos de aprendizaje o de trabajo, etc, etc. Se nos olvidan los aspectos positivos de este estilo cognitivo algo diferente tales como gusto por la novedad, desempeño a un ritmo rápido,tolerancia al cansancio, vivacidad, etc, aspectos todos que pueden enriquecer el particular estilo de jefes y docentes en vez de llegar a la segregación de aquellas personas cuyo psiquismo es algo (y solamente algo ) diferente al de la mayoría. De modo que, sin dejar de orientar a aquellos que así lo requieren y cuya terapia les puede brindar luces y organización para que ellos se ayuden, es imprescindible aumentar la tolerancia cultural hacia los estilos cognitivos diferentes, abrir la mente hacia la creatividad e implementar estrategias concretas que nos permitirían aceptarlos y enriquecernos mentalmente con la consideración de algunas de sus características.
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