27 de septiembre de 2008

Género y sufrimiento

Desde hace tiempo que las encuestas señalan que la depresión es más abundante en mujeres que hombres (en un uno por cada tres o dos por cada tres, de acuerdo a la fuente) y las acciones disruptivas serían propias principalmente de los varones. Estos datos contribuyen a perpetuar los mitos propios de la distribución de los roles femenino y masculino, es decir, que la mujer es pasiva, o paciente, según el momento o también según se prefiera, encerrada púdicamente en su interioridad, y que el hombre actúa, o sea, en vez de volver la agresión hacia sí la derrama –o lanza-a los objetos externos, sean estos aquellos a los que les correspondería o los que por mala suerte les tocó estar en su radio de acción.
Es ya clásica la pintura de la reacción de cada uno de los prototipos de ambos géneros después, por ejemplo, de una frustración sentimental, y el imaginario común, plasmado en las obras populares da cuenta de ello. Las canciones de allende la cordillera nos describen a un varón que puede ir desde el asesinato hasta, obviamente, pasar largo tiempo cargado de grados etílicos en la pobreza más horrenda vociferando, ya sea oralmente o con la actitud, en contra de la ingrata, a quién somete al escarnio público. La mujer, en cambio, en un tono menor, sufre y llora, calladamente, esperando-con fe digna de encomio, aunque no de sentido común- que vuelva el objeto de su desdicha. Y eso que nuestros vecinos son más extrovertidos a la hora de exponer emociones que el promedio de los chilenos.
Las ciencias sociales se han esmerado en buscar explicaciones a estas diferencias estereotipadas y caricaturizadas en el comportamiento pero que sin embargo no pueden negarse.
Es así como para el más avanzado psicoanálisis, disciplina fascinante para el feminismo, el origen de la tendencia a la mujer para sufrir depresiones se centraría en la relación particular con la madre, que por tratarse de una igual dificultaría el corte que por lo más habitual realizaría el hombre respecto a su progenitora y que posibilita su la identificación masculina= distinto de , de modo que por lo menos a la mujer le costaría mayor tiempo encontrar una individualidad y estaría más propensa a regresiones orales, desgracia que es sabido potencia las depresiones. Panorama poco esperanzador para ellas.
Para otras corrientes más centradas en la sociología la diferencia se centraría en la situación dominador-dominado que se presenta en la sociedad patriarcal desde el comienzo de los tiempos con escasas excepciones entre ambos géneros-intra y extra psíquicamente- y que es aceptada en forma ambivalente en diversos grados por ellos.
Pero, aunque todo lo expuesto es atendible las clasificaciones y las afirmaciones consecuentes dependen del nivel desde el cual nos situemos..
Vienen a la mente las asociaciones que realizamos acerca de la depresión: llanto, desesperanza, soledad, agobio, pena, sentimiento de pérdida de algo (alguien ) valioso, en resumen, sufrimiento, asociadas con la conocida anécdota de Thomas Szasz, ese precursor de la antipsiquiatría que se negaba a encasillar a sus ¿consultantes? diagnostico mediante y los describía simplemente como “personas que sufren”
Parece más amplio señalar que se trata solamente de estilos distintos de expresar el sufrimiento que en ambos casos tienen virtudes y escinden a sus portadores. No hay un monopolio del dolor. La mujer, por las causas señaladas y por otras más, seguramente, no es coherente consigo misma al culparse, autoagredirse y transformar la rabia en pena, considerándose víctima y buenita en última instancia. En cambio el varón, hace caso omiso del sentimiento y expresa su rabia y frustración por medio principalmente de acciones. La una evita la responsabilidad
cabal de la agresión, sentirse potente, y el otro, la responsabilidad completa del sufrimiento, del sentirse perdedor, impotente. En ambos casos hay escisión, empobrecimiento, desintegración y no siempre motivado por fuerzas externas. Se podría concluir que es la honestidad y lo que la posibilita, la autoconciencia como ejercicio frecuente; en ambos casos mencionados lo que contribuiría a disminuir tales diferencias de reacciones con la integridad como ganancia para hombres y mujeres acercándolos en función de su pertenencia común al género humano.

9 de septiembre de 2008

La noche oscura del alma

Estuve leyendo un artículo sobre lo que se llama "la noche oscura del alma"en el que se le daba a esta expresión, si bien lo entendí, el sentido de un camino para alcanzar la paz y se atribuía a una tradición europea. Ambos aspectos son veraces, ya que la conozco como más propia de los místicos españoles, como San Juan de la Cruz y posiblemente Santa Teresa de Avila (no me atrevería a jurar le corresponda a ésta). Me quedó una cierta incomodidad, como cada vez que me sacan del contexto, probablemente por el contacto con el dolor al que nos enfocamos tanto en la profesión como también en la vida común (¿necesidad de armonía cognitiva?) Lo que me parece que falta en el artículo es el camino para llegar a la paz, ruta en la que la gran mayoría de nosotros se puede sentir reflejado y menor cantidad siente haberlo traspasado concientemente. Este énfasis personal me atrae porque apunta a las características específicamente humanas de vulnerabilidad en las cuales se esconde como semilla la posible apertura de conciencia que conllevaría a un salto cualitativo. Este trayecto se describe como un período de duración variable que se caracteriza por la vivencia interna de intensa angustia y desesperanza, lo que está de acuerdo con el nombre que se le ha puesto. ¿Por cuantas noches oscuras hemos pasado en nuestra vida? Solamente la inocencia y la ingenuidad de los infantes con buena suerte, pero que no son responsables de su estado, ya que no lo han construído, aún los resguarda de esta experiencia. Los santos en esta circunstancia, se dice que se duelen no del momento adverso , sino de la pérdida de la fe incluso en el Creador.De esta faceta de ellos se habla poco, sin embargo, los acerca a nosotros, mortales comunes, y nos brinda esperanza ya que si seres tan excepcionales pudieron sufrirla, el aceptar pueda existir como parte del ciclo total de la experiencia nos hace y los hace a ellos más humanos y entrega una ocasión para la adquisición de la sabiduría.
En el quehacer terapéutico se viven en ocasiones en la dupla cliente-tratante momentos de desesperanza, en el que el fluir del avanzar ensamblados se va atascando y ambos miembros experimentan la sensación de que no se llega a soluciones, con desilusión y desorientación. Es paradógico que al continuar dejando de lado las recetas conocidas, manteniendo fe en ese estado de falta de fe, al dejar de lado la omnipotencia de "sabérselas todas"y la exigencia de dejar de sufrir, muchas veces la situación sufre un cambio cualitativo a un nivel positivo insospechado. Esta muestra muy modesta de la situación nos acerca a seres tan excepcionales en su fortaleza y capacidad de amor como Santa Teresa de Calcuta, quien pasó por la "noche oscura del alma" mientras todos jurábamos que su ser especial la haría inmune a ella, si es que se nos ocurria plantearnos tal posibilidad. Pero si hasta Cristo antes de su sacrificio voluntariamente aceptado la vivió por algunos momentos, ¿que esperamos nosotros?

4 de septiembre de 2008

TRATAMIENTO DEL SÍNDROME DE DÉFICIT ATENCIONAL EN ADULTOS ¿NECESIDAD O PREJUICIO?



Ahora, simplemente un acontecimiento nimio me ha hecho volver a plantearme lo rápido que la razón es seducida por nuestra emotividad, estimando dentro de ella nuestros deseos, conveniencias, ideas preconcebidas etc, y la forma en que la ciencia puede ser partícipe involuntaria de ello. Resulta que días atrás me encontré en un par de medios de comunicación artículos que alababan la conveniencia de utilizar terapia medicamentosa para adultos con Síndrome de Déficit Atencional (SDA)(supongo que con secuelas de este cuadro que tan gustosamente es diagnosticado y tratado en nuestro país en los escolares) Temí que se tratara de otra de las series de dolencias (a veces presuntas) que se ponen de moda de tanto en tanto, como las depresiones endógenas –muchas veces autoatribuídas- la depresión bipolar (pocos ahora pueden “tener un bajón” como dicen los adolescentes, o deprimirse a secas) que han hecho estragos entre las féminas, o la psicopatía (en sentido de sociopatía) en muchos varones, para equilibrar las cosas en cuanto a género.
Si bien todos requerimos ayuda por momentos también en el terreno de la salud mental (o sólo de la salud, ya que no existe la división entre cuerpo y psiquis) ¿a qué viene este afán de exagerar la categorización de las personas en aspectos patologizantes con consecuencias peligrosas para la autoestima, la consideración de las personas? Sin dejar de lado temas concretos como los males que pudiesen ocasionar fármacos utilizados en forma inoportuna.
Sucede que el héroe de los últimos juegos de Beijing, Michael Phelps octomedallista olímpico, fue no solamente diagnosticado como sujeto con SDA sino que su profesora le auguró un fracaso seguro en la vida. Como sabemos, otra persona, que fue tildada de débil mental (no se usaba el SDA en ese tiempo) fue Albert Einstein, quien encontraba mucho más entretenidos sus pensamientos que las clases a las que asistía. En mi experiencia como docente me he encontrado con muchos jóvenes de ambos sexos en universidades privadas que han sido catalogados de padecer SDA en su infancia y han estado en tratamiento medicamentoso largo tiempo. Han llegado a estos establecimientos muchos de ellos por sus evaluaciones más bajas que las de sus pares tanto en el colegio como en la PSU. Y sin embargo, en ellas su rendimiento no ha tenido nada que envidiar al de sus compañeros, salvo que muchos han debido superar las secuelas de la antipatía por el estudio e inseguridades acerca de su capacidad.
Creo que en ciertos casos tanto el tratamiento psicológico como la medicamentación se justifican plenamente pero las “modas ” son peligrosas y en este caso, susceptibles de encubrir nuestra “economía mental” y su pariente la comodidad. Estas personas (y muchas más) escapan a las nociones que tenemos de rendimiento laboral y académico, estilos de enseñanza, ritmos de aprendizaje o de trabajo, etc, etc. Se nos olvidan los aspectos positivos de este estilo cognitivo algo diferente tales como gusto por la novedad, desempeño a un ritmo rápido,tolerancia al cansancio, vivacidad, etc, aspectos todos que pueden enriquecer el particular estilo de jefes y docentes en vez de llegar a la segregación de aquellas personas cuyo psiquismo es algo (y solamente algo ) diferente al de la mayoría. De modo que, sin dejar de orientar a aquellos que así lo requieren y cuya terapia les puede brindar luces y organización para que ellos se ayuden, es imprescindible aumentar la tolerancia cultural hacia los estilos cognitivos diferentes, abrir la mente hacia la creatividad e implementar estrategias concretas que nos permitirían aceptarlos y enriquecernos mentalmente con la consideración de algunas de sus características.