Desde hace tiempo que las encuestas señalan que la depresión es más abundante en mujeres que hombres (en un uno por cada tres o dos por cada tres, de acuerdo a la fuente) y las acciones disruptivas serían propias principalmente de los varones. Estos datos contribuyen a perpetuar los mitos propios de la distribución de los roles femenino y masculino, es decir, que la mujer es pasiva, o paciente, según el momento o también según se prefiera, encerrada púdicamente en su interioridad, y que el hombre actúa, o sea, en vez de volver la agresión hacia sí la derrama –o lanza-a los objetos externos, sean estos aquellos a los que les correspondería o los que por mala suerte les tocó estar en su radio de acción.
Es ya clásica la pintura de la reacción de cada uno de los prototipos de ambos géneros después, por ejemplo, de una frustración sentimental, y el imaginario común, plasmado en las obras populares da cuenta de ello. Las canciones de allende la cordillera nos describen a un varón que puede ir desde el asesinato hasta, obviamente, pasar largo tiempo cargado de grados etílicos en la pobreza más horrenda vociferando, ya sea oralmente o con la actitud, en contra de la ingrata, a quién somete al escarnio público. La mujer, en cambio, en un tono menor, sufre y llora, calladamente, esperando-con fe digna de encomio, aunque no de sentido común- que vuelva el objeto de su desdicha. Y eso que nuestros vecinos son más extrovertidos a la hora de exponer emociones que el promedio de los chilenos.
Las ciencias sociales se han esmerado en buscar explicaciones a estas diferencias estereotipadas y caricaturizadas en el comportamiento pero que sin embargo no pueden negarse.
Es así como para el más avanzado psicoanálisis, disciplina fascinante para el feminismo, el origen de la tendencia a la mujer para sufrir depresiones se centraría en la relación particular con la madre, que por tratarse de una igual dificultaría el corte que por lo más habitual realizaría el hombre respecto a su progenitora y que posibilita su la identificación masculina= distinto de , de modo que por lo menos a la mujer le costaría mayor tiempo encontrar una individualidad y estaría más propensa a regresiones orales, desgracia que es sabido potencia las depresiones. Panorama poco esperanzador para ellas.
Para otras corrientes más centradas en la sociología la diferencia se centraría en la situación dominador-dominado que se presenta en la sociedad patriarcal desde el comienzo de los tiempos con escasas excepciones entre ambos géneros-intra y extra psíquicamente- y que es aceptada en forma ambivalente en diversos grados por ellos.
Pero, aunque todo lo expuesto es atendible las clasificaciones y las afirmaciones consecuentes dependen del nivel desde el cual nos situemos..
Vienen a la mente las asociaciones que realizamos acerca de la depresión: llanto, desesperanza, soledad, agobio, pena, sentimiento de pérdida de algo (alguien ) valioso, en resumen, sufrimiento, asociadas con la conocida anécdota de Thomas Szasz, ese precursor de la antipsiquiatría que se negaba a encasillar a sus ¿consultantes? diagnostico mediante y los describía simplemente como “personas que sufren”
Parece más amplio señalar que se trata solamente de estilos distintos de expresar el sufrimiento que en ambos casos tienen virtudes y escinden a sus portadores. No hay un monopolio del dolor. La mujer, por las causas señaladas y por otras más, seguramente, no es coherente consigo misma al culparse, autoagredirse y transformar la rabia en pena, considerándose víctima y buenita en última instancia. En cambio el varón, hace caso omiso del sentimiento y expresa su rabia y frustración por medio principalmente de acciones. La una evita la responsabilidad
cabal de la agresión, sentirse potente, y el otro, la responsabilidad completa del sufrimiento, del sentirse perdedor, impotente. En ambos casos hay escisión, empobrecimiento, desintegración y no siempre motivado por fuerzas externas. Se podría concluir que es la honestidad y lo que la posibilita, la autoconciencia como ejercicio frecuente; en ambos casos mencionados lo que contribuiría a disminuir tales diferencias de reacciones con la integridad como ganancia para hombres y mujeres acercándolos en función de su pertenencia común al género humano.
Es ya clásica la pintura de la reacción de cada uno de los prototipos de ambos géneros después, por ejemplo, de una frustración sentimental, y el imaginario común, plasmado en las obras populares da cuenta de ello. Las canciones de allende la cordillera nos describen a un varón que puede ir desde el asesinato hasta, obviamente, pasar largo tiempo cargado de grados etílicos en la pobreza más horrenda vociferando, ya sea oralmente o con la actitud, en contra de la ingrata, a quién somete al escarnio público. La mujer, en cambio, en un tono menor, sufre y llora, calladamente, esperando-con fe digna de encomio, aunque no de sentido común- que vuelva el objeto de su desdicha. Y eso que nuestros vecinos son más extrovertidos a la hora de exponer emociones que el promedio de los chilenos.
Las ciencias sociales se han esmerado en buscar explicaciones a estas diferencias estereotipadas y caricaturizadas en el comportamiento pero que sin embargo no pueden negarse.
Es así como para el más avanzado psicoanálisis, disciplina fascinante para el feminismo, el origen de la tendencia a la mujer para sufrir depresiones se centraría en la relación particular con la madre, que por tratarse de una igual dificultaría el corte que por lo más habitual realizaría el hombre respecto a su progenitora y que posibilita su la identificación masculina= distinto de , de modo que por lo menos a la mujer le costaría mayor tiempo encontrar una individualidad y estaría más propensa a regresiones orales, desgracia que es sabido potencia las depresiones. Panorama poco esperanzador para ellas.
Para otras corrientes más centradas en la sociología la diferencia se centraría en la situación dominador-dominado que se presenta en la sociedad patriarcal desde el comienzo de los tiempos con escasas excepciones entre ambos géneros-intra y extra psíquicamente- y que es aceptada en forma ambivalente en diversos grados por ellos.
Pero, aunque todo lo expuesto es atendible las clasificaciones y las afirmaciones consecuentes dependen del nivel desde el cual nos situemos..
Vienen a la mente las asociaciones que realizamos acerca de la depresión: llanto, desesperanza, soledad, agobio, pena, sentimiento de pérdida de algo (alguien ) valioso, en resumen, sufrimiento, asociadas con la conocida anécdota de Thomas Szasz, ese precursor de la antipsiquiatría que se negaba a encasillar a sus ¿consultantes? diagnostico mediante y los describía simplemente como “personas que sufren”
Parece más amplio señalar que se trata solamente de estilos distintos de expresar el sufrimiento que en ambos casos tienen virtudes y escinden a sus portadores. No hay un monopolio del dolor. La mujer, por las causas señaladas y por otras más, seguramente, no es coherente consigo misma al culparse, autoagredirse y transformar la rabia en pena, considerándose víctima y buenita en última instancia. En cambio el varón, hace caso omiso del sentimiento y expresa su rabia y frustración por medio principalmente de acciones. La una evita la responsabilidad
cabal de la agresión, sentirse potente, y el otro, la responsabilidad completa del sufrimiento, del sentirse perdedor, impotente. En ambos casos hay escisión, empobrecimiento, desintegración y no siempre motivado por fuerzas externas. Se podría concluir que es la honestidad y lo que la posibilita, la autoconciencia como ejercicio frecuente; en ambos casos mencionados lo que contribuiría a disminuir tales diferencias de reacciones con la integridad como ganancia para hombres y mujeres acercándolos en función de su pertenencia común al género humano.